Ilustre Habana, Habana de ilustres

La Mona Lisa coronada con una cúpula del Isa (Instituto Superior de Arte) aparece en la cubierta del catálogo de la muestra Edén Habana. Sin embargo, es la Giraldilla desarmada al extremo de la desnudez la que presta su título a esa exposición de Reynerio Tamayo inaugurada el 14 de noviembre en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, con motivo del cumpleaños 500 de la capital cubana.

Es posible que algunos solo hayan reparado en el gag o chiste visual de aquella versión fálica de Eva, pintada sin Adán, en el anunciado paraíso de una “ciudad maravilla”. Su autor tiene sobrado crédito en el uso ilustrado del humor en las artes visuales cubanas. Sabe que a la estatuilla en la cual se inspiró le sirve como referente la Giralda de Sevilla, España.

Ahora, que la Giraldilla también se haya convertido en un emblema de la urbe —tanto o más que la Fuente de la India, la Noble Habana “oriunda”— comporta cierta ironía o contrasentido. Se trata de la española Isabel de Bobadilla, gobernadora interina en la Cuba colonial e implicada en una exposición donde atrajo a muchos la serie Habaneros ilustres (2019).

Es un conjunto “todos estrellas” que agrupa a músicos y deportistas (negros y blancos), escritores, bailarines, investigadores, una artista visual y un cineasta. Veintitrés personalidades vivas o muertas que el día inaugural ocupaban dos salas expositivas en San Ignacio no. 22, esq. a Empedrado, La Habana Vieja. Desde luego, allí no estaban todos los habaneros insignes. ¿Y lo eran todos los que estaban?

Al representarlos, el artista logró casi siempre una síntesis propia del diseño gráfico. Nada ajeno a quien ha concebido carteles para cine, exposiciones y eventos; al igual que cubiertas para discos musicales. La máxima del más con menos contrastó con el principio barroco de ciertas pinturas colgadas en otras salas, donde podían verse composiciones más cargadas de escenas y/o personajes.

Tamayo acudió a muchas variantes del retrato, aun cuando fuera del tipo personal. Respetó el ángulo o encuadre de la fotografía original, apropiada por convenir a sus inquietudes expresivas y por no ser de su autoría. La dotó, en cada caso, de nuevos entornos y significados, valiéndose de la técnica mixta y del lienzo como soporte.

Utilizó la vista frontal con fondo simple —en los retratos de Eusebio Leal, José Lezama y Joseíto Fernández— o más complejo, en los de Tomás Gutiérrez-Alea (Titón), José Raúl Capablanca y Leonardo Padura. Pero también ubicó a Chucho Valdés en segundo plano, cautivo de su instrumento musical; a Juan Formell fundido con la ciudad que alimentó y popularizó sus crónicas soneras; a Omara Portuondo, mezclada con notas musicales.

Escogió la posición de tres cuartos para Elena Burke y Luciano (Chano) Pozo. La de perfil, para Dulce María Loynaz; de busto, para Leal y Titón; de plano americano, para Leo Brouwer, Leonardo Padura, Chano y Capablanca; de cuerpo entero, para Adolfo Luque, Fernando Ortiz y Emilio Roig. En formatos rectangulares de apenas 70 x 50 cm, consiguió dimensionar la escala artística y humana de todas las figuras célebres.

Conjugó fotografía y caricatura personal en las imágenes de Brouwer, Ignacio Villa (Bola de Nieve), Dulce María y Fernando Ortiz. Transfiguró un autorretrato caricatural de José Martí en sugerente cabeza con forma de llave sobre La Habana. Hizo que Antonia Eiriz ¿evolucionara? de la sonrisa al grito en una secuencia de nueve “caritas”. Era un guiño a la fotografía kitsch popular; pero también al comic y la historia del arte, homenajeados en otras pinturas. Y en la única caricatura —y retrato— de pareja, unió a La Habana con su primer historiador a través de una Giraldilla que besa a un Roig sonrojado.

En ocasiones, Tamayo prescindió del rostro. Carlos Acosta es la negra silueta de un bailarín que describe a la isla de Cuba en un enorme salto. Los nombres confirman identidades y se integran a la composición, cuando aparecen. A veces, de modo incompleto. Alicia, por antonomasia, identifica a unas zapatillas de ballet enlazadas con un ¿cisne? en vuelo. Una K mayúscula, inicial de Kid y knock out, exhibe guantes de boxeo y zapatos de dos tonos en alusión a Kid Chocolate, distinguido dentro y fuera del ring.

Ellos refrendan que Reynerio no solo se encomendó a la apariencia física de los habaneros ilustres. También recurrió a ciertos atributos de sus obras, estilos de trabajo, proyecciones o comportamientos sicológicos. Confirió importancia a las manos, fundidas con otros instrumentos de trabajo: la guitarra de Brouwer, los pianos de Chucho y Bola, el bajo de Formell, el lápiz de Dulce María, el bate de Luque… y el de Padura: quijote que modernizó su adarga y redactó el texto del catálogo.

Para Tamayo era esencial lo que sus habaneros portaban: Leal, un mapa donde el corazón ocupaba el sitio del puerto habanero; Joseíto, partituras de música en su sombrero de yarey. Sustancial era, igualmente, lo que hacían: El gourmet y rebuscado Lezama escogía letras con lápices y no con palitos chinos. Elena, la Señora Sentimiento, cantaba con el corazón afuera y encendido. Ortiz danzaba alegremente como un diablito abakuá. Y Chano lograba que de su tambor emergiera una figura afrocubana.

Reynerio asoció a Capablanca con el rey del ajedrez, al lunático José María López Lledín (Caballero de París) con una noche de V. van Gogh. Curiosamente, el melenudo personaje era otro español devenido en símbolo de una ciudad ilustre, otro habanero ilustre por adopción, capitalino como la Giraldilla y el propio Reynerio. Tamayo nació en el oriente del país (Niquero, 1968) y se graduó en el Isa, al cual dedicó una de las salas expositivas que podrán visitarse hasta el próximo 11 de enero.

Por Israel Castellanos León 

Ilustraciones:

Vistas parciales de Habaneros ilustres. Fotos: Israel Castellanos

Fuente: OleosCuba

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