Habanas de Camejo

Habanas posibles, de Luis Enrique Camejo (Pinar del Río, 1971), es una de las muchas exposiciones consagradas a la capital de todos los cubanos por su medio milenio de existencia. Ahora bien, la inaugurada el 28 de junio en la galería El reino de este mundo, de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, no es la primera ni la única que le ha dedicado ese artista egresado del Instituto Superior de Arte (Isa).

De hecho, en el conjunto de doce pinturas sobresalen unos lienzos grandes que datan de 2009 y evidencian una atracción antigua por la Ciudad con sus calles, edificaciones —v.g., la icónica Facultad de Artes Visuales del Isa— y también por sus gentes, ocupaciones, movimientos. Una dinámica congelada por el momento fotográfico primigenio y descongelada por el barrido de pinceles y pigmentos sobre telas y cartulinas.

Trocadero 214, 2019, acrílico/lienzo, 100 x 130 cm     Sin título, 2019, acuarela/cartulina, 57, 5 x 76, 5 cm

“Las Habanas de Camejo son instantes atrapados en el lienzo que, no por fugitivos son perecederos, porque son la expresión de una visión particular que no es la misma siempre, aunque parta del mismo sujeto […] La obra de Camejo es una taxidermia urbana a veces con la ironía de que en sus cuadros hay Habanas más vivas que en la misma realidad” —escribió su hermano Iván en el plegable de la exposición.

El propio título de la muestra, carente de artículo determinado, hace pensar también en el sinfín de aprehensiones individuales y colectivas que ha tenido una urbe tan revisitada en pinturas, dibujos, grabados, cerámicas, diseños, esculturas, fotografías, canciones, novelas, cuentos, poemas, ensayos, películas de ficción, documentales, videoclips y obras de teatro, donde ha sido protagonista o escenario.

El artista rindió tributo a La Habana y, de algún modo, a quienes la han plasmado. El díptico Interior del Cerro (2009) implica cierto homenaje al pintor vanguardista habanero René Portocarrero, pero también al padre y la madre del propio Camejo, representados individualmente en cada mitad de la obra. Es una pintura intimista, ave rara en la galería de paisajes urbanos que Luis Enrique ha dedicado a la ciudad adoptiva, donde crea y reside.

En un párrafo anterior se mencionaron espacio y literatura. Y cabría preguntarse si para la exposición de Camejo se pudo hallar, acaso, otra galería más apropiada desde el punto de vista simbólico que la nombrada como una novela de Alejo Carpentier. Es un autor que, más allá de si nació en Lausana o La Habana, vivenció a esta como un elegido y le dedicó páginas memorables en el ensayo La ciudad de las columnas, por citar una de sus obras más conocidas sobre “la ciudad sin estilo”.

Semejante conjunción ¿fue un “azar concurrente”, como llamó José Lezama Lima a la coincidencia? También pudo serlo el hecho que la muestra haya incluido una vista de la calle Trocadero, donde ese habanero ilustre residió por muchos años. En el número 162 (bajos) escribió los ensayos de Coordenadas habaneras, entre otros acercamientos posibles de aquel “viajero inmóvil” a una ciudad todavía enseñoreada por los “almendrones” y de la que rara vez se desprendió.

Las Habanas de Camejo tienen la subjetividad y evanescencia del impresionismo, el gesto apremiante del acrílico para no secarse antes de tiempo y la impronta húmeda de la acuarela, idónea en horas nubladas y lluviosas. Parecen nostálgicas, aunque sean contemporáneas. No importa que reflejen al litoral concurrido por habaneros y/o capitalinos, cubanos y extranjeros, ociosos y trabajadores, gente común o a la moda cantada por el cienfueguero Polito Ibáñez.

Tanto en gris como en ocre, el Malecón y su entorno marino o urbano generan sensaciones alejadas de aquella imagen risueña que el segundo descubridor de Cuba –Alejandro de Humboldt– apreció a comienzos del siglo XIX y Carpentier mencionó en su aludido ensayo. Tampoco exhiben el lampadario nocturno que, según Alejo, deslumbraba a quienes llegaban por barco.

Las Habanas que mostró Camejo son diurnas o vespertinas, y más bien monocromas. Por eso y por la regla compositiva de los tercios, despunta el relumbrón dorado que corona al Capitolio, visto desde lejos, como parte de un paisaje urbano. Es un hito arquitectónico donde guajiros y turistas extranjeros suelen tirarse una foto, selfie o no. Y aparece en la cubierta del plegable diseñado para esta exposición que puede visitarse hasta fin de año.

Por Israel Castellanos León

Ilustraciones:

  • Trocadero 214, 2019, acrílico/lienzo, 100 x 130 cm
  • Sin título, 2019, acuarela/cartulina, 57, 5 x 76, 5 cm
  • Lluvia dorada, 2019, acrílico/lienzo, 154 x 250 cm

Fuente: OleosCuba

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